Coy 462 – La oportunidad de hacer de Bolivia una potencia en alimentos

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La economía boliviana sufre el impacto de la pandemia y de las medidas para contenerla. El más reciente reporte del FMI ha pronosticado una contracción económica del PIB de 2.9 por ciento para 2020, menor a la aguda caída que experimentará Latinoamérica de -5.2 por ciento, pero suficientemente severa como para desencadenar una recesión prolongada, que podría echar abajo los avances de reducción de pobreza y desigualdad de varios años y sumergir a la economía boliviana en un círculo de bajo crecimiento (o decrecimiento), de aumento de la pobreza, alta conflictividad social y riesgos de ingobernabilidad, lastrando el proceso de transición al régimen democrático.

En la situación boliviana confluyen factores complejos como el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, desequilibrios fiscales, pérdida de reservas internacionales, incremento de la deuda pública y caída de la competitividad externa. A ello se suma la declinación de sus exportaciones tradicionales (minerales y gas natural), tanto en valor como volúmenes. Los precios de exportación de gas a Brasil acentuarán su caída por el desplome del precio del petróleo, lo que tiene un efecto directo en las cuentas fiscales muy dependientes de la renta de hidrocarburos. También se resiente la capacidad de importación por la mengua continua de divisas.

La agropecuaria resiste mejor la crisis

En medio de la paralización económica es la actividad agropecuaria la que mejor puede resistir el embate de la crisis. Esto debido a que el sector agropecuario es el puntal de la provisión de alimentos a la población y, por tanto, de la seguridad alimentaria. Bolivia ha desarrollo en su región oriental un exitoso modelo agroexportador que subyace al notable progreso del departamento de Santa Cruz, el motor económico del país. La agricultura cruceña aporta el 75 por ciento de la producción de alimentos. Sus principales cultivos son soya, sorgo, maíz, caña de azúcar, girasol, trigo, arroz, frejol, yuca y chía; todos ellos con saldos positivos para la exportación, especialmente soya. El valor de la producción agrícola fue de algo más de 1.660 millones de dólares en 2019. La exportación de soya y derivados se aproximó el año anterior a los 800 millones de dólares.

La producción pecuaria de Santa Cruz es también importante y creciente, y comprende la ganadería de carne, leche, avicultura, porcicultura y apicultura, con un valor de algo más de 1.230 millones de dólares en 2019. En los últimos años está en pleno desarrollo la exportación de carne de res, con la apertura del mercado de China. La producción ganadera sube a tasas altas (cercanas al 10 por ciento anual), con excedentes para la exportación estimados en 40.000 toneladas de carne, lo que también es fruto de continuados progresos en mejoramiento genético. Bolivia ha erradicado la fiebre aftosa y tiene el estatus sanitario de país libre de aftosa con vacunación.

Las otras regiones, predominantemente de pequeña producción campesina, complementan una variada oferta alimentaria en el mercado nacional, con saldos menores para la exportación de quinua, papa, café, hortalizas, cuero y fibra de camélidos, en las zonas de altiplano y valles. La región subtropical de Cochabamba exporta plátano, bananos, piña y palmito a mercados vecinos. Los valles de Tarija son especialmente aptos para cultivos de uva, arándanos, espárragos, frambuesa y otros. Los “vinos de altura” se han abierto un lugar en el mercado internacional, lo mismo que los singanis, que han obtenido “denominación de origen”. En el norte amazónico del país destaca la producción y exportación de castaña, así como de otros productos maderables.

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El potencial agroalimentario

El sector agropecuario aporta algo más del 12 por ciento del PIB, y emplea cerca de 2 millones de trabajadores, siendo de lejos es rubro que más puestos de trabajo genera. Su efecto multiplicador en la economía nacional es enorme, por su estrecha vinculación con el transporte, el comercio, la agroindustria, el sistema financiero y otros proveedores de insumos y servicios. Todos estos datos confirman agropecuaria el enorme potencial de la agropecuaria nacional para convertir a Bolivia en un proveedor importante de alimentos a nivel internacional.

Esta posibilidad adquiere más sentido en las circunstancias actuales cuando la brecha entre demanda y oferta mundial de alimentos se incrementa, dadas las restricciones que muchos países afrontan para su producción y comercialización, incluyendo la priorización del consumo propio que varios de los grandes productores se ven obligados hacer. Bolivia, en cambio, con una población de 11 millones de habitantes, tiene la capacidad de producir prácticamente todos los alimentos que su población requiere, así como también de generar importantes remanentes para la exportación a mercados vecinos, regionales y de ultramar.

Oportunidades y amenazas

Desde esta perspectiva, la crisis sanitaria y socioeconómica podría transformarse en una oportunidad probablemente única para que Bolivia, en respuesta a la demanda alimentaria creciente, pueda desplegar su potencial agropecuario y conquistar un lugar de relieve en el comercio exterior de alimentos. La recuperación y el potenciamiento del sector agropecuario es la mejor opción que tiene Bolivia en el corto y mediano plazo para contrarrestar la debacle de las exportaciones de gas y el estancamiento de la minería. La economía del país está impelida a mirar hacia sectores, que, como la agropecuaria y la agroindustria, contienen ese potencial.

Y al contrario, si nuestro país no aprovecha esta oportunidad, las amenazas y riesgos para su economía son considerables y eventualmente catastróficos. Desde ya, la producción de alimentos tropieza con una serie de dificultades emergentes de la lucha contra el coronavirus y con un ritmo a la baja, muy por debajo de su capacidad instalada. De no remediarse oportuna y eficazmente estos obstáculos, el agro boliviano puede estar fatalmente amenazado.

Elevar los rendimientos agrícolas

¿Cómo puede Bolivia sortear esa amenaza para su sector más fuerte y promisorio –el agro- y, a la vez, sacar partido de esta crisis para posicionarse como una potencia en producción y exportación de alimentos? Sin duda, hacen falta varias cosas, pero ante todo una fundamental: elevar los rendimientos de los cultivos agrícolas. Este es hoy en día el principal cuello de botella, explicable por el atraso tecnológico en que se desenvuelve la agricultura nacional. Basta comparar los datos de productividad en la región.

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Rendimiento de soya

Los rendimientos de trigo, algodón y caña de azúcar siguen el mismo patrón de rezago de la producción boliviana (última en trigo, penúltima en algodón) con relación a la productividad de los otros países Lo propio ocurre con los rendimientos de quinua, papa, café, hortalizas, frutos y otros, no obstante las condiciones climáticas y geográficas favorables. Tal asimetría de rendimientos tiene mucho que ver con la escasa aplicación de semillas transgénicas en la agricultura nacional.

Transgénicos: producir más con menos

Si esta es la situación no hay motivo que justifique racionalmente la oposición a los transgénicos en nuestros cultivos. Tanto menos cuando está comprobado científicamente que los productos genéticamente modificados no solo que no entrañan riesgos para la salud humana y el medio ambiente, o que este tipo de producción vaya a arruinar la economía campesina y los cultivos tradicionales o destruir las variedades nativas. Al contrario, hay muchos estudios y evidencias de que la biotecnología es una única herramienta tecnológica que tenemos a mano para incrementar la producción con un uso más eficiente y sostenible de la tierra, del agua y los bosques y, por lo tanto, con menos utilización de agroquímicos contaminantes y erosión de suelos.

Así, el estudio de Luigi Guanella sobre impacto de la biotecnología en Bolivia (2016), ha estimado que si Bolivia fuera capaz de incrementar sus rendimientos mediante semillas transgénicas en un porcentaje de, por ejemplo, 7%, similar al crecimiento experimentado por Paraguay, ello pondría al país en condiciones de triplicar su producción de alimentos de 15 millones de Tn a 45 millones de Tn (24 millones para el mercado interno y 21 millones para exportación). Lo cual además supondría ahorros de 60% menos de agroquímicos en soya y de 70% menos en maíz; ahorro de agua de 120 millones de litros (equivalente consumo 1.200 familias en el Occidente); y una menor contaminación, estimada en 7.120 Tn menos de CO2 (equivalente a la emisión de 3.230 vehículos en un año).

Otro estudio del Colegio de Ingenieros Agrónomos y Profesionales en Ciencias Agropecuarias de Bolivia, proyecta indicadores de crecimiento agrícola para el 2025, según los cuales el PIB agrícola se aproximaría a $us 6.500 millones, desde los $us 4.600 millones actuales, subiendo el aporte del sector agropecuario a cerca del 15 por ciento del PIB, con un incremento de la producción de 19.7 millones de TM a 35 millones de TM, y la creación de puestos de trabajo al menos para 2,5 millones de personas. Esto, siempre y cuando se dé un avance importante en productividad por mejoras biotecnológicas, fertilización y riego tecnificado.

Entretanto, el hato ganadero de casi 10 millones, podría duplicarse en pocos años, de la mano de la apertura del mercado chino a la carne boliviana, que además tiene el potencial de ser un puente hacia otros grandes mercados asiáticos como Japón y Corea, e incluso de Europa.

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