Desembarco chino en Bolivia-Daniel Agramont y Gustavo Bonifaz

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Después de dos siglos de relativa ausencia, China está de regreso a la escena global. Su última fase de hegemonía regional –en el Este y Sudeste de Asia– terminó con la decadencia de la dinastía Qing a inicios del siglo xix. Desde entonces, durante la profundización de la globalización dominada por los países europeos y Estados Unidos durante dos siglos, China experimentó una fase de introspección, marcada por conflictos y reformas internos. La vuelta a la escena global está motivada principalmente por factores económicos. Para poder mantener sus altas tasas de crecimiento, necesarias para seguir reduciendo la pobreza y evitar conflictos sociales, China necesita una política exterior basada en ciertos criterios. El primero es asegurar el acceso a recursos naturales,
que ha resultado en inversiones estratégicas en muchos países de África y América Latina. El segundo es promover y acompañar la exportación de productos chinos a mercados ajenos, con una tendencia a aumentar la intensidad tecnológica de sus productos y fortalecer las cadenas de valor en el tiempo. El tercero es construir redes de conectividad a través de rutas terrestres, ferrocarriles y puertos, que reduzcan costos de transporte y creen interdependencias entre los países de Asia y Europa.

Hasta ahora, la República Popular de China no ha mostrado interés en intervenciones políticas directas en otros países, marcando una gran diferencia con la hegemonía estadounidense del siglo pasado. Aunque discursivamente mantiene cierta cercanía con algunos países socialistas, no se ha podido observar una preferencia concreta a nivel de modelos de gobernanza política en sus relaciones internacionales. En los países de África y América Latina, en la mayoría de los casos, ha sido bastante pragmática, colaborando con los gobiernos existentes y cooptando elites locales, de manera subordinada a sus intereses más globales. Por lo general, estas prácticas no pasan por las vías institucionales oficiales,
ni por mecanismos transparentes o democráticos, sino por las vías más eficientes y eficaces, directamente al poder. Esta falta de transparencia ha creado últimamente algunas susceptibilidades, sobre todo en países con instituciones políticas débiles y bajos niveles de legitimidad política. Al mismo tiempo, hay que constatar que China cuida la forma de relacionarse con democracias europeas, donde está invirtiendo en empresas y sectores de relevancia estratégica.

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En el contexto actual de la crisis de la globalización liberal, y del giro hacia la introspección de Estados Unidos bajo la presidencia de Trump, queda esperar cómo será la transición hacia un nuevo paradigma chino. Interpretando las declaraciones del presidente Xi Jinping –durante el Foro Económico Mundial, entre otros– parece que por ahora continuará vigente la idea de un multilateralismo activo. Sin Estados Unidos, y con China asumiendo un rol más proactivo y responsable, este multilateralismo va a ser necesariamente diferente del pasado, con otras agendas y articulaciones concretas. Aunque China ha firmado el Acuerdo de París, queda ver cuán sustancial será su lucha contra el cambio climático, y si
está dispuesta a reformar su modelo económico altamente depredador, que externaliza la gran mayoría de los costos ambientales. Otra preocupación es su relación con los derechos universales tanto en el ámbito doméstico como en el internacional, donde se destaca más la falta de respeto a los derechos humanos y laborales en sus prácticas económicas y comerciales.

Daniel Agramont
Gustavo Bonifaz

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